La afición y devoción de Sancho por el vino quedan sobradamente documentadas a lo largo del Quijote; ya en la primera aventura de los molinos de viento sabemos que caminaba muy despacio sobre su jumento, "y de cuando en cuando empinaba la bota con tanto gusto que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga". Más adelante, en el encuentro y cena con los cabreros, durante la cual, don Quijote les soltó la arenga sobre la Edad de Oro, "Sancho asimismo callaba y comía bellotas, y visitaba muy a menudo el segundo zaque que, porque se enfriase el vino, le tenía colgado de un alcornoque."
Otra ocasión, y memorable, en la cual se pone de manifiesto el conocimiento que sobre los diferentes vinos demuestra poseer Sancho, un hombre común, es la que le proporciona el encuentro con otro escudero, el del Caballero del Bosque, que le ofrece de su bota. Sancho reconoce en él un caldo de Ciudad Real. El escudero de don Quijote explica que ese conocimiento lo ha heredado de dos antepasados. Esto se detalla en el capítulo XIII de la segunda parte, un extracto del cual podremos disfrutar a continuación:
Escupía Sancho a menudo al parecer un cierto género de saliva pegajosa y algo seca; lo cual visto y notado por el caritativo bosqueril escudero, dijo:
- Paréceme que de lo que hemos hablado se nos pegan al paladar las lenguas, pero yo traigo un despegador pendiente del arzón de mi caballo que es tal como bueno.
Y, levantándose, volvió desde allí a un poco con una gran bota de vino y una empanada de media vara, (…). Y se la puso en las manos a Sancho, el cual, empinándola, puesta a la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora, y en acabando de beber dejó caer la cabeza a un lado, y dando un gran suspiro dijo:
- ¡Oh hideputa, bellaco, y cómo es católico!
- ¿Veis ahí -dijo el del Bosque en oyendo el hideputa de Sancho- como habéis alabado este vino llamándole «hideputa»?
- Digo -respondió Sancho- que confieso que conozco que no es deshonra llamar «hijo de puta» a nadie cuando cae debajo del entendimiento de alabarle. Pero dígame, señor, por el siglo de lo que más quiere: ¿este vino es de Ciudad Real?
- ¡Bravo mojón! (catador de vinos, el que es inteligente en este campo) -respondió el del Bosque-. En verdad que no es de otra parte y que tiene algunos años de ancianidad.
- ¿A mí con eso? -dijo Sancho-. No toméis menos sino que se me fuera a mí por alto dar alcance a su conocimiento. ¿No será bueno, señor escudero, que tenga yo un instinto tan grande y tan natural en esto de conocer vinos, que, en dándome a oler cualquiera, acierto la patria, el linaje, el sabor y la dura(antigüedad) y las vueltas que ha de dar, con todas las circunstancias al vino atañederas? Pero no hay de qué maravillarse, si tuve en mi linaje por parte de mi padre los dos más excelentes mojones que en luengos años conoció la Mancha, para prueba de lo cual les sucedió lo que ahora diré. Diéronles a los dos a probar del vino de una cuba, pidiéndoles su parecer del estado, cualidad, bondad o malicia del vino. El uno lo probó con la punta de la lengua; el otro no hizo más de llegarlo a las narices. El primero dijo que aquel vino sabía a hierro; el segundo dijo que más sabía a cordobán (piel curtida de macho cabrío o de cabra). El dueño dijo que la cuba estaba limpia y que el tal vino no tenía adobo alguno por donde hubiese tomado sabor de hierro ni de cordobán. Con todo eso, los dos famosos mojones se afirmaron en lo que habían dicho. Anduvo el tiempo, vendióse el vino, y al limpiar de la cuba hallaron en ella una llave pequeña, pendiente de una correa de cordobán. Porque vea vuestra merced si quien viene desta ralea podrá dar su parecer en semejantes causas.











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